
Decidir en la empresa
septiembre 23, 2025Conversaba con el gerente de Bodegas Mazuela, Manuel García, en sus instalaciones de Cenicero, en La Rioja. Hablábamos de nuestra filosofía de la Empresa que, somos conscientes de ello, es un concepto más que difícil de comprender, difícil de aceptar, sobre todo la parte de su validez ejecutiva. Mi mensaje, para tratar de explicarlo, se centraba en el elemento nuclear de la empresa: generar valor, crear valor, añadir valor... como prefiramos llamarlo. Es evidente, pero hay que decirlo. Manuel asentía.
Trabajamos hace ya muchos años con empresas, con las nuestras, como empresarios, y con las de nuestros clientes. Sabemos que en la actualidad uno de los retos, si fuera tal, es lograr que «generar valor» sea una expresión significativa para todos los que somos parte en una de ellas. Es importante saberlo y señalarlo, evidentemente, porque en nuestras organizaciones es nuclear, incluso cuando sus integrante no son conscientes de ello. La empresa moderna, también la de nuestros días, consiste en esto.
Tal vez el caso de Manuel y de su proyecto sean especialmente ilustrativos, por el tamaño de la explotación, como todas las bodegas relativamente pequeño para el volumen de negocio, y por la naturaleza de su proceso estratégico, la elaboración de vino: una actividad en la que producir no es ni mucho menos fabricar, donde realmente el arte, eso que ahora llamamos «know how», es el factor decisivo del resultado, en este caso, además, desde la viña, que es viticultura, que es agricultura. Sólo con el mero escribirlo se me ponen los pelos de punta. Es cierto, también: el vino me emociona, suave, cálida, plena y profundamente; el de Mazuela lo hace.
En la «Filosofía de la Empresa» hemos hecho una revisión a fondo sobre el origen de la empresa moderna. Ha sido una investigación apasionante y reveladora, pero no ha consistido en estudiar sus antecedentes temporales o a su proceso histórico desde la Revolución Industrial hasta nuestros días, al menos no solamente. También, o fundamentalmente, hemos profundizado en la búsqueda de lo originario, del motor del acto de emprender y de la empresa como creación neta y estrictamente humana. Lo hemos hecho cuando su desarrollo va para los tres siglos de empresa industrial, ha superado con creces los primeros conatos de sociedades mercantiles y el vértigo de la abundancia de la producción en serie. El número de transformaciones que ha provocado es enorme, su trascendencia práctica simplemente inestimable. Quienes hacemos empresa deberíamos estar orgullosos.
Evidentemente en la empresa lo originario es la creación de valor, es el acto sorprendente de la transformación de algo «inútil» en algo útil, o en convertir un objeto de aplicación escasa o difusa en otro con un empleo amplio o específico. Y podemos ponernos como queramos, pero hacer esto no es una cuestión moral, no tiene que ver con un deber ser que nos impulsa a hacerlo. En el extremo puede serlo, pero intrínsecamente, en la realidad, en el orden del tiempo, no se trata de eso; más bien al contrario es un compromiso ético y estético: consiste en poner nuestra personalidad en juego, en dar curso a nuestro impulso intuitivo a hacer, a una acción que es constructiva, que genera valor, donde realizar ese algo que llevaremos al mercado, es a la vez «realizarnos». Entonces el trabajo empieza a ser profesión y nuestra actividad laboral tiene otro sentido. No es ni «buenismo» ni ingenuidad: es experiencia personal y directa.
En la empresa lo originario es la creación de valor, transformar algo «inútil» en algo útil
No importa en qué esquina de la organización desempeñemos nuestra función; no importa de verdad. Lo mismo que no es cierta la milonga de la alienación, la del trabajo como mera venta de nuestra fuerza para producir: sí, también nos pagan por pensar. Tal vez le demos poca importancia, tal vez no lo «valoremos» adecuadamente, a veces por exceso, las más por defecto. Lo cierto es que cuando nuestra participación en el proceso estratégico básico de la organización tiene sentido para quienes la llevamos a cabo, el resultado es mejor, nos hace mejores y lo hacemos mejor.
En las organizaciones de primer orden, esas en las que el resultado de la explotación es la contribución principal al resultado de la empresa, lo primero es crear valor, transformar, evidentemente. Después de lograrlo se convertirá en dinero: nadie sobrevive en el mercado si no genera valor… No es tan fácil, pero al fondo es cierto, puede tener mayor o menor complejidad, pero no es difícil.
Hay que difundir esta idea en las empresas, no importa su tamaño, pero sobre todo hay que llevarla a la práctica. Al hacerlo, la organización, cada uno de sus miembros, va alineándose progresivamente en torno al proceso básico, de forma natural, con un mínimo consumo de energía, de un modo fluido y pacífico. Y hay que recordarlo, sobre todo cuando el proyecto va madurando, cuando el equipo va consolidándose y, con ello, muchas veces, perdiendo de vista el valor de la realización.
Trabajar da orgullo, decía sorprendida una joven camarera que acababa de comenzar en la profesión, al descubrir que podía crear valor: tal vez el despertar de quien se tomaba un café, tal vez la emoción de quien disfrutaba de un vino, tal vez el placer de la relación de quienes se reunían ritualmente para el mero conversar con los amigos.
Se trata de crear valor, evidentemente, y de apreciarlo.
Juan Ugarte Pereira, PhD

